—Estoy perfectamente—dijo Raskolnikoff irritado.

Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba atentamente.

—¡Muy bien! Nada de particular—dijo con cierta indiferencia—. ¿Has tomado algo?

Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía dársele.

—Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque esta advertencia es ociosa.

Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:

—Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera podido... de todos modos está bien.

—Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo—dijo Razumikin—, iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.

—Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin, mañana veremos.