—Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.
Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.
—¿Desde qué punto de vista?—preguntó Razumikin.
—Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de vista de la actividad social—respondió Ludjin encantado de que se le hiciese tal pregunta—. Yo no había estado en San Petersburgo desde hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy contentísimo.
—¿De qué?
—La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una actividad más razonada.
—Es verdad—dijo negligentemente Zosimoff.
—¿Verdad que sí?—dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con una amable mirada—. Convendrá usted conmigo—prosiguió dirigiéndose a Razumikin—en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y en el económico.
—¡Lugares comunes!
—No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?—se apresuró a responder Ludjin con demasiado calor—. Rasgaría mi capa y daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos. Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez, no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal. Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales, sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla; desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me parece a mí, mucho ingenio para comprender...