—¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles—interrumpió Razumikin—. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea, basta!

—¡Señor!—replicó Ludjin, herido en lo vivo—, ¿eso es decir que yo también...?

—¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más—dijo Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.

Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.

—Ahora que ya nos conocemos—dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff—, espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.

Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se levantó.

—De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja—afirmó Zosimoff.

—Seguramente—repitió Razumikin—. Porfirio no dice lo que piensa, pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.

—¿Que los interroga?—preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.

—Sí, ¿y qué?