—No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo paralela.

—Pero, ¿de qué se preocupa usted?—dijo bruscamente Raskolnikoff—. Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.

—¿Cómo de nuestra teoría?

—Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según usted, es lícito matar al prójimo.

—¿Cómo? ¡Yo!—exclamó Ludjin.

—No, no es eso—observó Zosimoff.

Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto estremecimiento agitaba su labio superior.

—Todo consiste en los justos medios—prosiguió con tono altanero Pedro Petrovitch—; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...

—¿Es verdad—saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera—, es verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los beneficios de que se ha colmado?

—¡Caballero!—exclamó Ludjin—, rugiendo de furor—. ¡Caballero! ¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En fin...