—¿Sabe usted lo que le digo?—gritó el joven incorporándose y echando lumbre por los ojos—. ¿Sabe usted lo que le digo?
—¿Qué?
Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.
Hubo algunos momentos de silencio.
—Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi madre, le tiro de cabeza por la ventana.
—¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?—exclamó Razumikin.
—¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!
Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque hacía esfuerzos inauditos para contenerse.
—Escuche usted, caballero—dijo después de una pausa—. La manera como usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía. Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora... ¡jamás! ¡jamás!
—¡Yo no estoy enfermo!—gritó Raskolnikoff.