—¡Tanto peor!

—¡Váyase usted al infierno!

Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al enfermo.

—¿Ese es el modo de portarse?—dijo Razumikin, moviendo la cabeza.

—¡Dejadme! ¡Dejadme todos!—exclamó colérico Raskolnikoff—. ¿Me dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!

—Vámonos—dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.

—Pero, ¿le vamos a dejar así?

—¡Vámonos!—insistió el médico.

Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que ya había salido.

—Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial—dijo Zosimoff a su amigo ya en la escalera—. No conviene irritarle.