—¿Qué le pasa?
—Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me inquieta.
—El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.
—El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se habla de ese asesinato!
—Sí, sí, lo he advertido—respondió Razumikin—; presta más atención, se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le asustaron en la oficina de policía y se desmayó.
—Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...
—Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y haré que le cuide Anastasia.
Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.
—¿Tomarás ahora el te?—preguntóle la sirvienta.
—Más tarde; quiero dormir. Déjame.