El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente, dirigiéndose a él, le dijo:
—¿Qué hace usted ahí?
En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido. Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.
—¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?—gritó el obrero encarándose con él.
Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.
—Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta—respondió.
—No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber subido acompañado del dvornik.
—Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?—prosiguió Raskolnikoff—. ¿No hay sangre?
—¿Cómo sangre?
—Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar de sangre.