—¿Quién eres tú?—gritó el obrero asustado.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.
Los dos papelistas le miraron estupefactos.
—Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar—dijo el de más edad a su compañero.
—Pues bien, vamos—replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente la escalera—. ¡Eh, dvornik!—gritó al llegar a la puerta de la calle donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros individuos.
Raskolnikoff se fué derecho a ellos.
—¿Qué se le ofrece a usted?—preguntóle un portero.
—¿Has estado en la oficina de policía?