En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en silencio.

—¡Pobre papá!—dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza y enjugándose las lágrimas con la mano—. Ahora no se ven más que desgracias—añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.

—¿Te quería tu papá?

—Quería más a Lidotshka—respondió en el mismo tono serio (su sonrisa había desaparecido),—sentía predilección por ella, porque es la más pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina—añadió la niña con dignidad—. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque ya es tiempo de comenzar mi educación.

—¿Sabes rezar?

—¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor, rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el primero.

—Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.

—Siempre, siempre rezaré por usted—respondió calurosamente la niña; y echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.

Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran las diez dadas cuando salía de la casa.

No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el dvornik indicó en seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.