—La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...
—¿Qué he de mirar?
—¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?
Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la habitación de Raskolnikoff había luz.
—Es extraño.
—Estará quizá en ella Anastasia—observó Razumikin.
—No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.
—¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.
—Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.
—¿Qué te pasa, Rodia?