—Nada. Subamos y tú serás testigo...
Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff tenía quizás razón.
—Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla—dijo para sí.
Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.
—¿Qué es esto?—exclamó Razumikin.
Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en el umbral como petrificado.
Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media hora.
La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos. Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos, llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se tambaleó y cayó desvanecido al suelo.
Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.
—No es nada, no es nada—dijo a la madre y a la hermana—. Esto es un desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua! Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.