—¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías—dijo Raskolnikoff con súbita irritación.
—¡Pero si no sabía de qué hablar!—confesó cándidamente Alexandrovna.
—Parece que me tenéis miedo—observó el joven con amarga sonrisa.
—Es la verdad—respondió Dunia fijando en su hermano una mirada severa—. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la cruz; tan asustada estaba.
Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a darle una convulsión.
—¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices eso, Dunia?—añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna—. En el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.
—¡Basta, mamá!—murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le estrechó la mano—; tiempo tenemos de hablar.
Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas?—gritó Razumikin asiéndole por un brazo.
Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.