Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos experimentaron un malestar extraño.
—Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.
Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió precipitadamente de la habitación.
No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó, se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le hubiese afectado penosamente.
—Dunia, adiós—dijo Raskolnikoff desde el rellano—; dame la mano.
—Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?—respondió la joven, volviéndose hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.
—Bueno, dámela otra vez—y estrechó de nuevo la mano de su hermana.
Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que podamos decir por qué.
—¡Ea! Está bien—exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que se había quedado en el cuarto.
Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.