La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que Marmeladoff le había contado de su hija.
—Oye el asunto de que quería hablarte—prosiguió el joven tomando del brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.
—¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?
Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.
—Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.
E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.
—¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio Petrovitch.
—Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?—repuso Razumikin.
—¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?
—Sí, ¿y qué?—insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba la conversación.