—Anastasia, toma este dinero—dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)—, y haz el favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería y tráete un poco de embutido barato.
—En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no sería mejor que tomases un poco de chatchi? Se hizo ayer y está muy rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy bueno.
Fué a buscar el chatchi, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo que era, como una campesina.
—Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
El rostro del joven se alteró.
—¡A la policía! ¿Por qué?
—Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
—¡Demonio, no me faltaba más que esto!—dijo entre dientes—. No podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta—añadió en alta voz—. Iré a verla y le hablaré.
—Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué ahora no haces nada?
—Sí que hago—respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.