—¿Qué es lo que haces?

—Cierto trabajo...

—¿Qué trabajo?

—Medito—respondió seriamente después de una pausa.

Anastasia se echó a reír.

Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.

—¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?—preguntó cuando pudo hablar.

—No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse. Además, desprecio ese dinero.

—Quizás algún día te pese.

—Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos cuantos kopeks?—siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien a sí mismo que a su interlocutora.