—¿Todavía quiere usted embromarme?

—Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?—repitió su interlocutor, riéndose con toda su alma—; en buena guerra, como dicen los franceses, la malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar. Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado, sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...

—Se dice también que usted ha matado a su esposa—dijo, interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.

—¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace, no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces, sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa... desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha habido ni sombra de eso.

Raskolnikoff se echó a reír.

—¿De modo que esto le divierte...?

—Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos latigazos fueron propinados muy oportunamente.

A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.

—¿Le gusta a usted manejar el látigo?—dijo con aire distraído.

—No mucho—respondió tranquilamente Svidrigailoff—. Casi nunca habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal, no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera, ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la servidumbre. ¡Ja, ja, ja!