Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy madurado y que todo aquello era fina astucia.
—Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie—dijo el joven.
—Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es cierto, de hallarme de tan buen humor?
—Y hasta me parece demasiado bueno...
—¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha preguntado le he respondido—contestó Svidrigailoff con una singular expresión de franqueza—. En verdad, yo no me intereso, digámoslo así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted el ceño... No soy tan oso como usted cree...
—No lo tengo por oso—dijo Raskolnikoff—; más aún, me parece que es usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted ser, en llegando la ocasión, comme il faut.
—Me tiene sin cuidado la opinión de los demás—contestó Svidrigailoff con tono seco y ligeramente desdeñoso—; y además, ¿por qué no adoptar las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión natural?—añadió riendo.
Raskolnikoff le miraba sombríamente.
—He oído decir que conoce usted a mucha gente—le dijo—. No es usted lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?
—Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos conocimientos—repuso el visitante sin responder a la principal pregunta que se le había dirigido—; en los tres días que llevo de corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente, y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables. Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer trampas en el juego?