—En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin inquietarla.
—Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?
—No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea nada más que una vez.
—No lo espere usted.
—Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan entre nosotros relaciones amistosas.
—¿Usted cree...?
—¿Por qué no?—dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el sombrero—; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...
—¿Dónde me ha visto usted esta mañana?—preguntó Raskolnikoff con inquietud.
—Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo árbol.
—Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender pronto ese viaje.