—¿Qué viaje?

—El de que me ha hablado hace un momento.

—¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted qué cuestión acaba de plantearme!—añadió con amarga sonrisa—, quizá en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio para mí.

—¿Aquí?

—Sí.

—No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.

—¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión de ese legado.

—¿Eso es verdad?

—Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.