Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta, se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin; el segundo, cerca de su hermana.

Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello. Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos seguro.

—Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz—dijo por cortesía a Pulkeria Alexandrovna.

—Sí que lo ha sido, gracias a Dios.

—Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado?

—Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido muy penoso—respondió Dunia.

—¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos. Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro.

—¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una situación muy difícil—dijo con una entonación particular Pulkeria Alexandrovna—; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.

—¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...—balbuceó Ludjin echando una oblicua y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló.

Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la conversación.