—¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?—dijo.

—Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa noticia.

—¿En San Petersburgo? ¿Aquí?—preguntó alarmada Dunia, y cambió una mirada con su madre.

—Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes lo hacen creer así.

—¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a Dunetshka?—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda.

—¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me ha asustado—repuso Pulkeria Alexandrovna—. Sólo le he visto dos veces y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la pobre Marfa Petrovna.

—Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás, no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a la conducta y en general a la característica moral del personaje, estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así, fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.

—¡Ah, señor!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

Raskolnikoff escuchaba atentamente.