—¿Usted habla, dice, según datos ciertos?—preguntó con tono severo Dunia.
—Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna. Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando aun existía la servidumbre.
—Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado.
—Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos tratamientos sistemáticos de su amo.
—Lo ignoraba—respondió secamente Dunia—. Oí, sí, contar acerca de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de Philipo.
—Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle—repuso Ludjin con una sonrisa agridulce—. Verdad es que le tengo por hombre muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar. Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres disipadas se lo comerá todo antes de un año.
—Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es desagradable—dijo Dunia.
—Ha estado en mi casa hace un rato—dijo bruscamente Raskolnikoff, que hasta entonces no había despegado los labios.
Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado.
—Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre; espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos, cantidad que recibirás en breve plazo.