—¡Alabado sea Dios!—exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de la cruz—. ¡Reza por ella, Dunia, reza!

—El hecho es exacto—no pudo menos de afirmar Ludjin.

—¿Y después?—preguntó vivamente Dunia.

—Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he preguntado.

—¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?—preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna—. ¿Te lo ha dicho?

—Sí.

—¿Y qué?

—Lo diré luego.

Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.

Pedro Petrovitch miró el reloj.