Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff, que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por aquella mentira.

—¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?—continuó, animándose, Razumikin—. Claro es que habrá que trabajar mucho; pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos; pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión, papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso, seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.

A Dunia le brillaban los ojos.

—Lo que usted propone—dijo—me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.

—Yo, es claro, no entiendo nada de eso—añadió Pulkeria Alexandrovna—. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer aquí por algún tiempo—dijo mirando a Raskolnikoff.

—¿Qué piensas tú de esto, hermano?—preguntó Dunia.

—Encuentro su idea excelente—respondió el joven—. Cierto es que no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además, podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.

—¡Bravo!—gritó Razumikin—. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas, hombre?

—¡Cómo! ¿te vas ya?—preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.

—¿En un momento como éste?—gritó Razumikin.