Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la gorra en la mano, y se preparaba a salir.

—Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna—exclamó con aire extraño.

Sonreía; ¡pero con qué risa!

—Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos vemos—añadió de repente.

Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.

—Pero, ¿qué te pasa?—dijo ansiosamente la madre—. ¿A dónde vas, Rodia?—le preguntó dando a su pregunta un acento particular.

—Tengo que irme—respondió el joven.

Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme resolución.

—Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti, Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien; tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable... Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías... cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—gimió Pulkeria Alexandrovna.