De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto terrible.

—¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre fuiste!—gritaba la pobre madre.

Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a ella se le acercó Dunia.

—¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?—murmuró la joven, cuya mirada llameaba de indignación.

Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.

—No es nada—musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo que dice, y salió de la sala.

—¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!—gritó Dunia.

—¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no tiene piedad en este caso!—murmuró Razumikin, inclinándose al oído de la joven, cuya mano estrechó con fuerza—. Vuelvo en seguida—dijo a Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del cuarto.

Raskolnikoff le esperaba en el corredor.

—Sabía que correrías detrás de mí—dijo—. Vuélvete con ellas, y no las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré quizá... si hay medio... Adiós.