Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.

—¿Pero a dónde vas?—balbuceó este último asombrado—. ¿Qué tienes? ¿Cómo procedes de ese modo?

Raskolnikoff se detuvo de nuevo.

—Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte. No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a ellas... no las dejes. ¿Me comprendes?

El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma. De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver. Acababa de comprender la horrible verdad.

—¿Comprendes ahora?—dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se alteraron horriblemente—. Vuelve al lado de ellas—añadió, y con paso rápido salió de la casa.

Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los príncipes de la ciencia...

En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un hijo y un hermano.

IV.

Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.