—¿Va usted a marcharse?
—No sé... mañana, todo...
—¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?—dijo Sonia con voz temblorosa.
—No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido para decirle dos palabras.
Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado mientras que ella permanecía derecha.
—¿Por qué está usted en pie? Siéntese—dijo con voz dulce y acariciadora.
La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos y casi enternecidos.
—¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
Le tomó la mano.
Sonia se sonrió débilmente.