»Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a esa capital sin ningún kopek.
»Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia, a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
»Tuya hasta la muerte.
Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo. Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último, se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero, según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun monologueaba en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos lo creían borracho.
IV.
La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su resolución.
«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al diablo el señor Ludjin.