»¡La cosa está bien clara!—murmuraba sonriendo, con aire de triunfo como si tuviese la clave de lo sucedido—. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado, que sólo puede casarse a toda prisa.»

»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme, sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá, de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa que le «parece» bueno; ¡ese parece es muy significativo! Bajo la fe de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!... ¡Admirable!...

»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las «generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de mal humor.

»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre mía!...

Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.

—Es verdad—continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le hervían en la cabeza—; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre de negocios y parece bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted? Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.

»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo? Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con Dunia. Alguna palabra se le ha escapado a ese amable señor, que ha sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en cerrar los ojos a la evidencia.

«Tengo intención de rehusar»—me dice—; pero entonces, ¿con qué medios de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que 20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe de mi hija.» ¡Sí, fíate!

»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?

»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia, pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos; eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo, nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía, imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad, suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo, objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!