»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo. ¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera llamar a la puerta de su casa.
»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas, si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero, ¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
Se detuvo, quedándose como ensimismado.
—¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu veto? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir, cuando hayas terminado tus estudios y encontrado una colocación? Eso es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario, pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros que las amenazan durante estos diez años.
Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo. Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles, que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
—¡O renunciar a la vida—exclamó—aceptando el destino tal cual es, sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente mi derecho a ser, a vivir, a amar!
Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le cubría los ojos.
Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido. Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de advertirlo.
Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza, la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña, que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.