—Sería mejor que se muriese.

—No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!

—¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede tenerlos a su lado?

—¡Oh, no sé!—exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la cabeza con las manos.

Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.

—Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué sucederá entonces?—prosiguió implacablemente Raskolnikoff.

—¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?

El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.

—¿Cree usted que es imposible?—repuso él con sonrisa sarcástica—. Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle, la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños quedarán sin amparo.

—¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!—exclamó Sonia con voz ahogada.