Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la desgracia que el joven predecía.

Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento.

—¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando lleguen los días tristes?—preguntó deteniéndose delante de ella.

—No—murmuró Sonia.

—No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?—añadió con cierta ironía.

—Sí.

—¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es preguntarlo.

Y volvió a pasearse por la habitación.

—Y... ¿no gana usted dinero todos los días?—preguntó al cabo de otro minuto de silencio.