«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida, angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está loca!», repetía para sí.

Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.

—¿Quién te ha dado esto?—preguntó a Sonia desde el otro lado de la habitación.

La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:

—Me lo han prestado.

—¿Quién?

—Isabel; se lo pedí yo.

«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.

Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario. Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.

—¿En qué parte habla de Lázaro?—preguntó bruscamente.