Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio. Se había separado un poco de la mesa.
—¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
—No está ahí... Está en el cuarto Evangelio—dijo secamente sin moverse de su sitio.
—Busca ese pasaje y léemelo—dijo, y después se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire sombrío, se dispuso a escuchar.
Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó el libro.
—¿Acaso no lo ha leído usted nunca?—preguntó, mirando al joven de soslayo.
—Sí... en mi niñez.
—¿No lo ha oído usted en la iglesia?
—Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?