—No—balbució Sonia.

Raskolnikoff sonrió.

—Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?

—Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de Requiem.

—¿Por quién?

—Por Isabel; la mataron a hachazos.

Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza se le iba.

—¿Tratabas a Isabel?

—Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.

Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?