—Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo, pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida; pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así, un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace, porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones? ¡Ah, Dios mío! Batuchka, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando bien convencido de que es él, me privo de los medios ulteriores de establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo, le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche, de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados eficaces con un mujik inculto, es también muy eficaz cuando se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan mujiks groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre, siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece a usted?

Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.

«La lección es buena—pensaba aterrado—; no es, como ayer, el gato jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora veremos qué lazo me tiendes.»

Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica. De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.

—No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me burlo—prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar su risita, y había reanudado sus paseos por la sala—. Tal vez tenga usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud, y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la razón le seducen. Volviendo al caso particular del que veníamos hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión Romanovitch—al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una repentina metamorfosis—. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je! Pues bien—continuó—: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas, es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia, la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el caso particular de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza. Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha, y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía; pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su fingida comedia con demasiada naturalidad, y éste será otro indicio. De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je, je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je! Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la ventana?

—No se moleste usted, se lo ruego—contestó Raskolnikoff, echándose a reír.

El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente, soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase calmado súbitamente, se levantó.

—Porfirio Petrovitch—dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas—, no tengo duda: usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel. Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí, ni de que se me martirice.

De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más elevado.

—¡No lo permito!—gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre la mesa—. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!