—¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?—dijo el juez de instrucción en apariencia muy inquieto—. ¡Batuchka! Rodión Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?
—¡No lo permito!—repitió Raskolnikoff.
—¡Batuchka, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces, ¿qué diremos? Piense usted un poco en ello—murmuró como asustado Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.
—¡No lo permito! ¡No lo permito!—prosiguió maquinalmente Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser oído por Porfirio.
Este corrió a abrir la ventana.
—Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua, querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.
Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en un rincón una jarra de agua.
—¡Beba usted, batuchka!—murmuró, aproximándose vivamente al joven con una jarra—. Esto le sentará a usted muy bien.
El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.
—¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un sorbo.