—Rodión Romanovitch, batuchka, perdóneme usted, se lo suplico... Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
—Según se ve, no esperaba usted tal cosa—observó Raskolnikoff.
Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
—Tampoco usted lo esperaba, batuchka. Vea usted cómo le tiembla la mano. ¡Je, je, je!
—También está usted temblando, Porfirio Petrovitch—observó Raskolnikoff.
—Es verdad... no esperaba esto...
Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción tenía prisa porque se marchase el joven.
—¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía preparada?—preguntó éste bruscamente.