—Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen de este modo; déjenme pasar—dijo, tratando de abrirse paso al través del grupo que le rodeaba—. Aseguro a ustedes que es inútil tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores. Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.

—No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi cuarto; todo ha acabado entre nosotros—dijo Lebeziatnikoff—. ¡Cuando pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para exponerle...!

—Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme; ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.

Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.

Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora después dejó la casa.

Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia, y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de Ludjin.

El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse en su cama.

—¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!

Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto.

—¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?—sollozaba la infeliz mujer—. ¡Señor!—exclamó de repente con los ojos centelleantes—. ¿Es posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco, criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra!