Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo que costase, a buscar justicia en cualquier parte.

Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.

Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos.

Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros disputaban, algunos entonaban canciones...

«Ya es tiempo de que me vaya—pensó Raskolnikoff—. Veremos, Sonia Semenovna, qué es lo que piensas ahora.»

Y se encaminó a casa de la joven.

IV.

Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin. Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado, su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar de ella el pensamiento.

Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado: «Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente, dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de diferirla un minuto.

No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su encuentro, como si lo hubiese esperado.