Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un temblor continuo agitaba su cuerpo.
—¡Cuánto sufre usted!—dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.
—Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?
Sonia esperaba inquieta.
—Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre; pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.
La joven se echó a temblar.
—Pues bien; ya sabes a lo que he venido.
—En efecto—dijo Sonia con voz temblorosa—; eso fué lo que me dijo usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?—añadió vivamente.
Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más pálido.
—Yo lo sé.