—¿Se le ha encontrado?—preguntó tímidamente después de un minuto de silencio.
—No, no se le ha encontrado.
Siguióse un corto silencio.
—Entonces, ¿cómo lo sabe usted?—preguntó con voz casi ininteligible.
Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.
—Adivina—dijo.
Sonia se estremeció convulsivamente.
—¿Por qué me asusta usted de ese modo?—preguntó con sonrisa infantil.
—Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él—repuso Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese fuerza para volver los ojos—. A esa Isabel no quería él matarla; la mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la mató.
A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto continuaron mirándose.