—¿De modo que no adivinas?—preguntó bruscamente, con la sensación de un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.
—No—balbuceó Sonia con voz apenas distinta.
—Busca bien.
Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que se puso a mirarla asustado.
—¿Lo has adivinado?—murmuró por último.
—¡Dios mío!—exclamó Sonia.
Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en certidumbre.
—¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones—suplicó él con voz quejumbrosa.
Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.
Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.