—Iba a casa de usted—dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos—; pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted. Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!
—¿Por qué no añade usted que es un milagro?
—Porque quizá no es más que una casualidad.
—Esa es la salida a que recurren todos—contestó riendo Svidrigailoff—. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch, cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla; por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.
—¿Sólo por eso?
—Me parece que es bastante.
Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no había bebido más que un vaso de vino espumoso.
—Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o no eso que llama usted opinión personal—observó Raskolnikoff.
—Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?
—Lo he olvidado—respondió sorprendido Raskolnikoff.