—No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas. Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos, jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas, como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.

—¿Sabe usted que se me sigue?—preguntó Raskolnikoff fijando en Svidrigailoff una mirada investigadora.

—No—respondió éste asombrado—; no sé nada.

—Bueno, no hablemos de mí—murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.

—Está bien. No hablaremos de usted.

—Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este traktir como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.

—¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy bien.

—Podía tener razones... usted lo sabe.

—Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?

Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro. Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos, la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de valor.