—Que ha sido un espía.
—Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff, acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta. Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
—Aquí tiene usted su carta—comenzó a decir, depositándola encima de la mesa—. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas; hable, pues; pero le advierto que no le creo.
Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
—Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
—No me atormente más y hable, hable usted.
—Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
—¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
—No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna. Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel, entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que, palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.