—¡Eso es imposible!—balbuceó Dunia, jadeante—; no tenía la menor razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una mentira.

—El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha atrevido a utilizarlo.

—¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este pensamiento?—exclamó Dunia levantándose vivamente—. ¿Usted lo conoce? ¿Le cree usted capaz de ser ladrón?

—Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia; he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?

—Voy a ver a Sofía Semenovna—respondió con voz débil la joven—. ¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero verla en seguida. Es menester que ella...

Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.

—Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.

—¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que mentiras... no te creo... no te creo—exclamó Dunia en un arranque de cólera que la ponía fuera de sí.

Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se apresuró a acercarle.

—¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua; beba usted un poco.